Artículo de opinión: “La madera de CEDRO”

FotocopiadoraHace un par de días encontré este artículo de opinión de Borja Costa en un periódico digital independiente llamado siglo XXI. En él, el articulista hace una refexión acerca de la posibilidad de fotocopiar las partituras por parte de intérpretes y estudiantes, algo que -creo- todos los estudiantes han hecho a lo largo de sus carreras.

Titlado “La madera de CEDRO”, hace una crítica sobre la posibilidad de “saltarse” los derechos de autor de quienes editan en formato papel al permitir la copia de las obras musicales y pedagógicas siempre y cuando se utilicen en el ámbito de los conservatorios.

Para quien sea absolutamente ajeno a esto, hay que decir que las partituras (aparte de ser aquello que guarda el sobrino de turno en el interior de la banqueta del piano junto con restos de bocadillo y la ficha del parchís que jamás nadie había vuelto a ver) suponen la vía más pragmática y seria – y completa – de transmisión de conocimientos musicales. Vitales en la enseñanza, en la formación, en la transmisión del conocimiento sonoro, no son aquello con lo que el amigo de greñas aprendió a tocar la guitarra en la playa: son una forma de lectura y escritura, sin más (ni menos). A pesar de que determinados géneros lo discutan de una forma pueril (el blues no puede escribirse, el folk no puede escribirse, el flamenco no puede escribirse, la música swahili con elementos senegaleses con ligera presencia de influencias del mambo no puede escribirse…), el método no pierde su valor: las limitaciones al lenguaje se las pone el que escribe, no el lenguaje en si mismo. Como ejemplo, valga el hecho de que los jazzistas españoles niegan siempre que el jazz pueda transmitirse en notación tradicional, mientras que sus homólogos norteamericanos, padres del género, lo hacen cada día (y venden millones de ejemplares de sus libros). Y es que todo esto sería como acusar a la matemática de no alcanzar a descubrir ciertas cosas, obviando la insuficiencia de los matemáticos. Recuerden: no todos los hispanohablantes son Cortázar.

Hay que decir también que en España tenemos una flagrante tradición respecto a estas partituras, que es la de no comprarlas. Es muy habitual, y lo ha sido siempre, oír eso de “¿Para qué te la has comprado? Haber preguntado, que yo te la fotocopiaba”. Bueno, miento, la cosa solía ser, al menos en mis tiempos (hace 5 años, no más, que salí del último conservatorio en el que me vi encerrado y sometido y aniquilado como animal pensante), “Tú eres idiota: fotocópiala”, aunque el sujeto no la tuviera. Y es que siempre hay alguien de quién copiar las cosas, siempre hay dónde copiarlas. Sin ir más lejos, en los mayores centros de enseñanza musical que sustentan su propia existencia en base a la disponibilidad de estas partituras: los conservatorios.

Podeis leer el artículo completo aquí.

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2 comentarios

  1. Ante todo muchas gracias nuevamente por publicar un post sobre una temática tan nublosa como controvertida.
    El tema de las fotocopias y en especial, de las fotocopias de partituras, es utilizado recurrentemente como justificación a otra serie de problemas mucho más profudos y enraizados en nuestra propia cultura.
    No nos engañemos, como se dice en el post, la fotocopia, y repito, en especial la fotocopia de una partitura; es una herramienta escencial tanto en el proceso de aprendizaje como en la labor profesional.
    ¿Por qué digo esto? Por que hay razones tan básicas como la encuadernación incómoda, la necesidad de hacer notaciones provisionales, o simplemente la escasa disponibilidad del material que necesitamos cuando lo necesitamos.
    Y aquí hay uno de los temas principales y que da inicio al círculo vicioso. Desde mi perspectiva personal como intérprete y a la vez miembro de una editorial musical, veo las necesidades y justificaciones que provienen de las dos partes y que pueden ayudar a explicar la situación actual en España.
    Los intérpretes no lo tienen fácil a la hora de querer comprar lo que necesitan de manera inmediata. En las tiendas es imposible tener todo el material disponible. Las bibliotecas de conservatorio hacen un esfuerzo sobrehumano para conseguir repertorio que no se consigue siempre por las vías más fáciles y adquieren (en algunos casos) la licencia necesaria para poder facilitar a sus usuarios la posibilidad de fotocopiar este material bajo determinadas restricciones cuya aplicación es imposible de controlar. En algunos casos es más fácil e inmediato conseguir una versión por Internet libre y gratuita que soluciona al instante la demanda del usuario. ¿Es esto responsabilidad de las tiendas de música que no tienen todo el material que debieran tener? No lo creo. Es imposible estar al día con todo lo que se publica y a la vez asumir el tremendo gasto que esto representa.
    Por otra parte contamos con muy escasas tiendas que ofrezcan la posibilidad a los clientes de consultar el material directamente. Las que dejan esta posibilidad se convierten en lugar de consulta para los usuarios que visitan, recolectan información y luego obtienen por otro lado lo que han visto. Si bien es posible que los precios suelen ser desproporcionados no siempre es éste el problema. No está en la conciencia social el concepto de que la partitura original también es una herramienta de trabajo del profesional como lo es la tinta para el dibujante o la bicicleta para el repartidor. Los españoles no nos hacemos tantos cuestionamientos a la hora de asumir los tremendos gastos que representa el despilfarro gastronómico de nuestras fiestas navideñas. No nos engañemos, para nosotros es más importante comer bien que pagar por cultura; sencillamente no lo tenemos incluido en nuestro presupuesto mensual. Tampoco es el precio lo que da más puntos a la fotocopia que al original.
    Luego tenemos la otra cara. Lo que se edita. Qué editamos y ponemos a la venta. ¿Responde siempre a las necesidades de nuetros clientes? ¿Lo damos a conocer y lo hacemos circular de la mejor manera posible? Está clarto que el papel de las editoriales es dar salida a nuevos trabajos de los compoitores de hoy y a repertorio que surge de nuevas investigaciones musicológicas. Pero ¿llegamos a ofrecer lo que nuestros clientes necesitan?. Lamentablemente la mayoría de nuestros intérpretes prefiere tocar sólo aquel repertorio conocido o del cual puedan tener un referente para elaborar su interpretación. Son pocos los músicos que se arriesguen a ir más allá. Entonces ¿de quién es la culpa?. Creo que es imposible e innecesario nombrar culpables; las responsabilidades están compartidas.
    En resumen. todos contribuimos al asesinato de la partitura al no educar a nuestra sociedad y al no establecer un diálogo entre todos los sectores.
    – El editor publica atendiendo a sus criterios que no siempre están en concordancia con la demanda entre otras cosas porque no siempr tiene contacto directo con el cliente final.
    – Las tiendas a pesar de hacer lo que pueden no suelen vehicular correctamente las novedades ni las campañas publicitarias y no siempre trasmiten de manera adecuada a los editores las necesidades que se detectan.
    – Los docentes tienden a trabajar siempre sobre el mimo repertorio. El que ellos conocen y han tocado hasta el hartazgo. Entregan en mano a sus alumnos las fotocopias del material porque es más práctico y porque no encuentran un libro que responda a todas sus necesidades metodológicas.
    – Los músicos profesionales no tocan repertorio que no conozcan y rara vez encuentran lo que necesitan.
    – La sociedad entera no cree sencillamente que sea tan importante adquirir un material original porque se piensa que con un suplente es suficiente.
    En fin. El problema es cultural y está en todos los gestores culturales que participamos en la circulación y puesta a disposición de trabajos originales, educar a la sociedad y no esperar que la necesidad surja sola.
    (Huelga aclarar que estoy hablando a título personal y en términos generales. Como en todo tenemos excepciones: editores que están al día, tiendas que saben lo que deben tener, músicos innovadores, conservatorios y formadores conscientes, etc.).

    • Pues sí, Soledad.
      Efectivamente, el hecho de que se fotocopien partituras habría que observarlo desde muchas perspectivas diferentes. Allá los estudiantes que prefieren trabajar con fotocopias a comprar los materiales -en ese caso tendríamos que hablar desde las descargas hasta los que se cuelan en el metro o sacan recetas gratis con la tarjeta sanitaria de algún familiar pensionista-. Yo, personalmente, antes prefiero comparme un libro que salir a cenar, pero reconozco que he vivido/protagonizado situaciones como el “¿me dejas que me fotocopie la sonata tal?” durante mi época de estudiante de música cuando en las reprografías se permitía copiar originales. Aunque me gustara más la calidad y limpieza de la partitura nueva, no siempre se podía llegar a ellas. Algo tan normal que los propios profesores te decían que no eran necesario que la compraras, que ellos te traían todo el repertorio que se iba a trabajar durante el curso.
      Ahora bien: dentro de los conservatorios y sí se deberían observar unas buenas prácticas. Como bien dices, los repertorios -en muchas ocasiones- se repiten generación tras generación. Un docente universitario puede elaborar temas nuevos y actualizados, algo que en principio no podría hacer un profesor de música (ya se sabe las críticas que reciben aquellos que obligan a la compra de sus propias obras o manuales). Por otro lado, un estudiante de, por ejemplo, grado medio o elemental no siempre estudia la obra completa, en ocasiones sólo algún movimiento adecuado al aspecto necesario que se quiere trabajar. Además, como indicas, no siempre está todo disponible y tampoco se consigue de forma rápida. Yo misma he trabajado en diferentes empresas de distribución musical y me sabía muy mal tener que decir al cliente una y otra vez que su partitura no había llegado, bien fuera por estar agotada en ese momento, bien sea por proceder de una editorial extranjera que obliga a un pedido mínimo de materiales, bien sea por la lentitud de algunas distribuidoras… En definitiva: muchas veces, la comprensible urgencia en la necesidad de trabajar una obra provoca la fotocopia.
      Lo que quedaría para la reflexión del artículo de Borja Costa es una cosa: el intérprete que toca mientras está “observando de reojo de reojo la partitura pobremente fotocopiada” quizás en un momento dado editen sus propias obras y desean que esta se vendan y no se fotocopien.
      La buena “conducta” de los conservatorios debería ser el disponer siempre de originales a partir de los cuales hacer copias única y exclusivamente para los alumnos, y repito, siempre a partir de originales. Lo que luego cada persona individual haga en su casa… es incontrolable. El que haya quien prefiera tener una estantería llena de gusanillos, o carpetas llenas de fundas de plástico con partituras, no va a cambiar nunca.

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