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CEDRO ofrece una solución para reproducir legalmente partituras

partiturasCEDRO ha desarrollado una nueva licencia que autoriza a las sociedades musicales la fotocopia de partituras de su repertorio y su distribución entre sus miembros.

El Centro Español de Derechos Reprográficos  (CEDRO), entida que gestiona los derechos de autor de escritores, periodistas y traductores, ofrece esta solución como respuesta a la necesidad que tienen las agrupaciones musicales, como bandas y corales, de compartir copias de partituras, y la necesidad de loseditores de estas publicaciones a que la fotocopia de sus obras se lleve a cabo de forma regularizada y a obtener una remuneración justa por estos usos secundarios de sus publicaciones.

La Ley de Propiedad Intelectual establece, con carácter general, que para reproducir una obra protegida por los derechos de autor, como es el caso de las partituras musicales, es necesario contar con la autorización del titular de esos derechos. Las licencias de CEDRO autorizan, en nombre de los autores y editores asociados a nuestra Entidad, la reproducción legal de este tipo de obras y garantizan una compensación a sus titulares de derechos por este uso.

Para ampliar información sobre esta autorización, los interesados pueden ponerse en contacto con el Departamento de Licencias de CEDRO por teléfono (91 308 63 30 / 93 272 04 45), correo electrónico (licencias@cedro.org / cedrocat@cedro.org) o a través de conlicencia.com.

Fuente: Boletín de la Asociación de Compositores y Autores de Música (ACAM)

Artículo de opinión: “La madera de CEDRO”

FotocopiadoraHace un par de días encontré este artículo de opinión de Borja Costa en un periódico digital independiente llamado siglo XXI. En él, el articulista hace una refexión acerca de la posibilidad de fotocopiar las partituras por parte de intérpretes y estudiantes, algo que -creo- todos los estudiantes han hecho a lo largo de sus carreras.

Titlado “La madera de CEDRO”, hace una crítica sobre la posibilidad de “saltarse” los derechos de autor de quienes editan en formato papel al permitir la copia de las obras musicales y pedagógicas siempre y cuando se utilicen en el ámbito de los conservatorios.

Para quien sea absolutamente ajeno a esto, hay que decir que las partituras (aparte de ser aquello que guarda el sobrino de turno en el interior de la banqueta del piano junto con restos de bocadillo y la ficha del parchís que jamás nadie había vuelto a ver) suponen la vía más pragmática y seria – y completa – de transmisión de conocimientos musicales. Vitales en la enseñanza, en la formación, en la transmisión del conocimiento sonoro, no son aquello con lo que el amigo de greñas aprendió a tocar la guitarra en la playa: son una forma de lectura y escritura, sin más (ni menos). A pesar de que determinados géneros lo discutan de una forma pueril (el blues no puede escribirse, el folk no puede escribirse, el flamenco no puede escribirse, la música swahili con elementos senegaleses con ligera presencia de influencias del mambo no puede escribirse…), el método no pierde su valor: las limitaciones al lenguaje se las pone el que escribe, no el lenguaje en si mismo. Como ejemplo, valga el hecho de que los jazzistas españoles niegan siempre que el jazz pueda transmitirse en notación tradicional, mientras que sus homólogos norteamericanos, padres del género, lo hacen cada día (y venden millones de ejemplares de sus libros). Y es que todo esto sería como acusar a la matemática de no alcanzar a descubrir ciertas cosas, obviando la insuficiencia de los matemáticos. Recuerden: no todos los hispanohablantes son Cortázar.

Hay que decir también que en España tenemos una flagrante tradición respecto a estas partituras, que es la de no comprarlas. Es muy habitual, y lo ha sido siempre, oír eso de “¿Para qué te la has comprado? Haber preguntado, que yo te la fotocopiaba”. Bueno, miento, la cosa solía ser, al menos en mis tiempos (hace 5 años, no más, que salí del último conservatorio en el que me vi encerrado y sometido y aniquilado como animal pensante), “Tú eres idiota: fotocópiala”, aunque el sujeto no la tuviera. Y es que siempre hay alguien de quién copiar las cosas, siempre hay dónde copiarlas. Sin ir más lejos, en los mayores centros de enseñanza musical que sustentan su propia existencia en base a la disponibilidad de estas partituras: los conservatorios.

Podeis leer el artículo completo aquí.

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